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Oporto te entiende

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Miras el reloj. Suspiras. Repasas mentalmente todo lo quieres, ‘tienes’, que ver en Oporto y vuelves a suspirar. Esclava del tiempo. Eterna aprendiz de gestionar la agenda viajera, más bien, en esta ocasión, aprendiz de no tener agenda, ni mapa, ni tan siquiera lista con esos lugares de la ciudad que no te puedes perder. Pero no sabes hacerlo, no puedes, no lo logras, en el fondo, no quieres lograrlo. No quieres gestionar expectativas, lo que quieres es que se hagan realidad.

Porque tú deseas ver, visitar, fotografiar, caminar, admirar, tocar, probar… sentir todos y cada uno de los rincones de Oporto y sabes que no lo vas a conseguir. Es imposible porque es un viaje improvisado, imposible por un niño, dos, tres, un parque, un pañal, dos pañales, una lactancia, una rabieta. Todo se alía para desbaratar esa agenda viajera que quisieras planificar y cumplir con el fin de saciar esa hambre tan tuya de crear recuerdos de los lugares a los que viajas.

dos personas con paraguas frente a la iglesia san nicolas oporto

Sales a la calle por fin y lo haces casi sola; con un bebé a la espalda, una promesa de siesta y una cámara en la mano. Y te lanzas a devorar todo el Oporto que puedas en ese ratito de sueño infantil gracias a la complicidad de quien sabe cuánto lo necesitas. Llueve, pero no te importa.

Y devoras poco, pero más que suficiente para colmar la gula de perderte sin rumbo. El palacio de la bolsa, la iglesia de San Francisco, las fachadas revestidas de azulejos y nostalgia, la callejuela desgastada y sucia por la que subas hasta la catedral… La catedral a la que no puedes entrar porque tu ansia por salir hizo que ni siquiera cogieras la cartera.

Decepción. Se cura rápido, en cuanto descubres de casualidad el mirador Rua das Aldas. Y ahí, con la fachada de la iglesia dos Grilos delante, el Duero serpenteando entre tejados y Vila Nova de Gaia asomando bajo el horizonte, sientes que estás donde querías estar. No en un lugar concreto, sino en un estado concreto.

fachada iglesia san lorenzo oporto

Un instante de felicidad sencillo, pero intenso, durante el que te sientes bien, durante el que acaricias esa calma que llevabas meses buscando. Una sonrisa inconsciente se atraviesa en tus labios. Una cabecita se frota contra tu espalda para volver a acurrucarse de nuevo. Tañen campanas con deje de fado en alguna iglesia lejana.

Sí, no te has equivocado. Esto te hace feliz. Viajar. Callejear, descubrir, perderse para encontrarte de nuevo, para reafirmar que no te has equivocado. Quizás más adelante sí, pero hoy no. Estás en el camino.

pies junto a una señal del camino de Santiago en el suelo de Oporto

La cabecita vuelve a moverse y echas andar. Subes cuestas, bajas cuestas. Pisas charcos en los que se refleja un Oporto plomizo, gris. Lo disfrutas. Te lo bebes a sorbos para que no se termine. Cruzas el puente Don Luis y te reafirmas de nuevo: Esto es.

La célebre Ribeira aparece entonces para dar aún más intensidad a esta siesta de la que no quieres despertar. Se muestra ante ti mojada, empapada de esa saudade portuguesa que la hace aún más atractiva. Ribeira, mujer con personalidad como Alfama.

Y atardece. Y la calma sigue. Tu cámara dispara una y otra vez, tu bebé sigue durmiendo y tu sensación de estar donde quieres estar se afianza en el bolsillo de tu abrigo, ese vacío de monedas, pero repleto ahora de paz.

Miras el reloj. Suspiras. La tregua debe terminar y emprendes el regreso. Sonríes. Oporto te entiende.

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Oporto te entiende

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Y tú, ¿en qué momento o ciudad has sentido esta sensación? Cuéntamelo en comentarios.

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