Desde el suave balanceo de una hamaca es muy fácil no pensar. Sin querer te concentras en descubrir la serenidad de la calma, en deleitarte con el sosiego y en reposar en una paz virgen hasta entonces. Primero asumí que sería por el aire limpio y húmedo que llegaba del bosque nuboso de Monteverde, donde, por primera vez, experimenté esa sensación. Sin embargo, tras muchas cálidas noches de noviembre balanceándome en varios puntos de Costa Rica, terminé por descubrir que daba igual la selva tropical, el tibio y lejano calor de un volcán o la brisa evocadora del Océano Pacífico. No es el olor que respiras desde cada hamaca, sino la esencia de un país que despierta todos tus sentidos y consigue que la felicidad completa se meza a tu lado en un simple retal de algodón

Una relajante hamaca en el Alby Lodge en Cahuita, en el caribe costarricense.

No solemos comprar souvenirs en nuestros viajes, pero de Costa Rica decidimos traernos el recuerdo más bello y lo tuvimos muy fácil para elegirlo. Envolvimos la felicidad en papel de estraza y le hicimos sitio en el macuto, entre la mosquitera y las botas de montaña. Años después de aquella travesía, cuando nos escapamos a descansar al pueblo, lo primero es colgar la hamaca en el patio. Con una pícara sonrisa, nos tumbamos en ella para dejar que la memoria haga su trabajo y nos regale algunos retazos nostálgicos de aquel viaje. Quizás parezca increíble, pero este trozo de tela vino impregnado de vivencias, olores, paisajes, conversaciones y detalles. Detalles que, tumbado en una hamaca, saboreas despacio, paladeándolos en la memoria para que no se desvanezcan, porque cada uno de ellos forma parte de esa felicidad que envolvimos con tanto mimo el día de nuestro regreso. Uno de los recuerdos más agradables es la ilusión desbordante con que, desde Madrid, preparamos la expedición a Costa Rica. Era el primer gran viaje de verdad, fuera de agencias y circuitos establecidos, y nunca antes habíamos cruzado el charco. Nos esperaban, por fin, tres semanas trazadas a conciencia a lo largo de todo el año, a golpe de internet, foros, mapas, libros y mi inseparable guía repleta de marcas y apuntes. Un itinerario idílico con el que estábamos dispuestos a recorrer gran parte del país en bus, todoterreno, canoa e incluso a lomos de un caballo.

       

Enseguida descubriríamos los grandes placeres y los pequeños inconvenientes de viajar por cuenta propia…

Al poco de aterrizar y llegar al hostal donde pasaríamos la noche, la televisión trajo desagradables noticias del que iba a ser nuestro primer destino: el Caribe. Graves inundaciones tenían la costa anegada y no hacían nada recomendable desplazarse hasta allí. Comenzamos a descubrir entonces que la improvisación iba a ser compañera de viaje inseparable, un poco molesta al principio aunque después terminaríamos acogiéndola con fervor, porque dejarse llevar por aquel exuberante país resultó ser uno de sus mayores encantos. Cambiar destinos, estancias, saltar de un pueblo a otro según la climatología o según una amena conversación con un tico en una pulpería.

El itinerario que tanto tiempo  había llevado diseñar acabó olvidado en la mochila que, al día siguiente, nos robaron por descuido en la estación de autobuses de Ciudad Quesada, rumbo al pueblo de La Fortuna. Se llevaron también la cámara de fotos, el chubasquero, la linterna, los prismáticos… Y nos quitaron también una pizca de  ilusión que, por otro lado, recobramos enseguida cuando al bajar del autobús, tras cuatro largas horas de trayecto, nos recibió imponente la silueta del volcán Arenal.

 Volcán Arenal en el pueblo de La Fortuna

Otro de los recuerdos que visita nuestra memoria en esas tardes de domingo en la hamaca es la magia que rodeó todos y cada uno de los días pasados en Costa Rica. Porque magia, sin duda, es desear en silencio ver un tucán y que, en ese preciso instante, éste aparezca majestuoso posándose sobre la rama de un tilo en un rincón de Cahuita.

Un tucán «esperado» posó para nosotros

Magia es también descubrir, por casualidad en el bosque nuboso, el color azul más bello e intenso que jamás habíamos visto, plasmado en las frágiles alas de una enorme mariposa Morpho en vuelo. Un truco de ilusionismo  pareció también ver, mientras llenaba el depósito del todoterreno en una gasolinera, una pareja de guacamayos escarlatas cruzando fugaces el cielo en total libertad, sin darme tiempo para desenfundar la cámara.

Se sonríe también al rememorar otra de las enseñanzas aprendidas en Costa Rica, que la paciencia casi siempre tiene una recompensa. A nuestra naturaleza inquieta, poco acostumbrada a la espera, le costó asumir al principio que allí todo lo que merecía la pena se hacía de rogar. Aprendimos a aguardar con emoción porque terminamos siendo consciente de que, tras un lapso de tiempo, vendría algo con lo que deleitarnos. Sirven como ejemplo más de veinte minutos mirando una espesa cortina de nubes tras la que parecía no haber nada.

Una vez más, haciendo caso a los consejos de los lugareños, nos sentamos dispuestos a esperar el tiempo que hiciera falta. De repente, como si del telón de un teatro se tratara, las nubes dieron paso a la visión del imponente cráter del volcán Poas, provocando una enorme sonrisa de fascinación.

El cráter del Volcán Poas por fin despejado

Cuando arribamos a Tortuguero, un pequeño pueblo al que no llegan los coches, resguardado entre las olas del mar por un lado y las aguas de sus canales por el otro, nuestra paciencia ya estaba bastante más pulida. Pudimos ponerla a prueba justo al amanecer cuando, al subir a un bote para recorrer los canales, el cielo se abrió para dejar caer lo que a nuestro entonces civilizado entender era un verdadero diluvio. Allí, con una especie de bolsa de basura a modo de improvisado chubasquero, sentados en una barcaza, de la que había que ir achicando agua con una lata de tomate, esperamos junto al resto a que cesara la lluvia. Esta vez no hubo recompensa y hubo que volver a la cabina empapados y con la ilusión chorreando desesperanza.

Pero a media mañana dejó de llover y, aunque advertían que a esas horas los animales se refugiaban del sol dificultando su avistamiento, nos lanzamos como locos a buscar a Castor Hunter, un viejo cicerone mulato que recomendaban encarecidamente en los foros y en la ya manida guía de viaje. Gracias a él, saboreamos de nuevo el buen gusto que deja la paciencia al adivinar a lo lejos, desde una destartalada canoa de remos, durante unos segundos, la figura de un esquivo oso hormiguero cruzando de un árbol a otro. También él tuvo que echar mano de la paciencia durante los diez silenciosos minutos que los ojos de Patricia tardaron en distinguir, entre los mil matices de verde que hay en la copa de un árbol, un pequeño lagarto basilisco.

Lagarto basilisco camuflado entre el verdor de los árboles.

Recordamos una de las esperas más largas, cuatro horas en Playa Grande, conversando con un grupo de colombianos que hablaron largo y tendido sobre su país y que, al final de la noche, parecían haberse convertido en amigos de toda la vida. Ya cuando las esperanzas prácticamente se habían perdido, llegó una vez más la recompensa a la paciencia. No nos importó lo más mínimo que de madrugada y en la más absoluta oscuridad, nos lanzasen a la cara con fuerza arena húmeda porque quien lo hacía era una gigantesca tortuga baula tapando sus huevos tras haber desovado en una desértica playa. Ante nuestros ojos, la naturaleza nos asombraba una vez más, haciéndonos experimentar un extraño y profundo sentimiento de emoción al presenciar, en silencio, el esfuerzo titánico de aquel animal que suspiraba profundamente y del que recuerdo sus pequeños ojos, apenas iluminados por la suave luz de una luna casi inexistente.

En el pueblo, no se perciben aquellos olores intensos de Costa Rica, mezcla de humedad, café, azufre y frijoles. Tampoco te tropiezas con los agradables ticos que contaban historias increíbles mientras saboreábamos una cerveza Imperial, ni con Efraín Vargas, el alucinante guía de Manuel Antonio que nos contó como su padre había sido el primer guarda de ese Parque Nacional, entre otras muchas cosas. Por muy lejos que mires, tus ojos no se encontrarán con la exuberante vegetación de la selva tropical, ni con inesperadas cascadas o cataratas.

La fuerza de la cascada de La Fortuna

Sabemos de sobra que no volveremos a jugar al futbol con cuatro pequeños indígenas desnudos, de no más de seis años, a la orilla de deslumbrante Río Pacuare. Pero, a pesar de todo esto, no puedes dejar de sonreír porque eres consciente de que el simple hecho de poder saborear todos estos recuerdos únicos significa que los has vivido. Y nuestra sonrisa se hace aún más grande cuando nuestra mente comienza ya a pensar en el próximo destino, porque gracias a Costa Rica se despertó en nosotros una nueva pasión, la de viajar, descubrir nuevas fronteras, nuevos conocimientos, nuevas gentes, improvisar. La improvisación como sinónimo máximo de la libertad. La libertad como sinónimo evidente de viajar. El viaje como sinónimo inquebrantable del aprendizaje. Y éste, sin lugar a dudas, como sinónimo tangible de la felicidad.

Relatos de otros viajeros #postamigo

Callejeando por el planeta –  Costa Rica: Guía Práctica

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