Ocho de la mañana.

Alguien toca a la puerta de nuestra caravana donde acabábamos de pasar la primera noche sobre ruedas en Alaska. Extrañados, recién levantados, parece que nos resistiéramos a contestar. Llaman de nuevo con más insistencia. Al abrir la puertezuela, Bill pregunta por Bruno añadiendo: «Tengo una sorpresa. Un águila para desayunar». A Bill, un simpático jubilado de Texas, le habíamos conocido la tarde antes, frente a la bahía, en el camping de Seward. Nosotros, novatos en el mundo de las caravanas, tratábamos de nivelar aquella enorme casa rodante. Él, encantador, nos echó no una, sino un montón de manos y hasta nos llevó en su coche al sitio más económico donde comprar leña, una parrilla, cervezas…





