Maiko de noche en Gion Kyoto

En busca de una geisha en Kioto

Cuando al ir en busca de una geisha encuentras una valiosa enseñanza

Qué malo es viajar con expectativas muy altas. Cada vez soy más consciente de ello. Por eso, ahora trato de llegar al destino lo más virgen posible en cuanto a ilusiones por cumplir. Lo sé, es una curiosa paradoja dado el nombre de este extraño cuaderno de bitácora online que estás leyendo. Hasta hace poco, sin embargo, me empapaba de información antes de partir, devoraba guías con una gula descomunal, buscaba los mejores consejos, y eso hacía que mi cajón de ilusiones rebosara de experiencias por vivir. ¿El resultado? Decepción infinita cuando esos anhelos viajeros no se cumplen, cuando la imponente silueta del monte Fuji nunca aparece en el horizonte o cuando mis inexpertas pupilas ojeadoras son incapaces de encontrar un león entre la malezaY esa ilusión jamás convertida en recuerdo empañaba la jornada y dejaba un regusto amargo que, lo reconozco, no me permitía saborear al máximo el resto de vivencias que podían ser igual o incluso más emocionantes que las otras.

Gion

Tuvo que aparecer ella para darme cuenta de mi error, para decidir despojarme de esa dichosa lista de deseables que encorsetaba la ruta y viajar más libre, dispuesta a dejarme sorprender por el camino. Porque ella apareció cuando ya no la buscaba, tras haber desistido de un objetivo que ahora identifico como casi pueril. ¿Quién no quiere ver geishas en su viaje a Japón? Yo sí, yo quería, lo llevaba tatuado a fuego, pasé por Tokio, Nikko, Hakone, Nara, Koyasan, Miyajima e Hiroshima pensando en llegar a Kioto para hacer el recorrido a pie por el barrio de Gion que recomienda Japonismo.

Suelo de gion

Y allí estaba por fin, pisando el asfalto nipón de las calles de este tradicional barrio de Kioto donde dicen es fácil ver geishas y maikos saliendo o volviendo de trabajar. Había llegado al anochecer con mi ilusión bajo el brazo. Vagabundeé durante mucho tiempo por sus callejuelas de madera, entre casas tradicionales de té, farolillos de papel que arrojaban una hastiado luz sobre el suelo y blasones pintados en tela cuyo significado era incapaz de descifrar.

Blason

Fachada

Farolillo

Y mientras la noche cerrada apagaba el extraño ajetreo silencioso de Gion, mi ilusión se diluía a cada paso sobre ese ya oscuro suelo hasta terminar por desdibujarse del todo. No sé dónde exactamente se perdió, pero sí me acuerdo que la decepción se agarró del brazo del desaliento y juntos me convencieron de volver al hotel. Me negué aún así a guardar la cámara de fotos, pero me obligué a regañadientes a abandonar. Busqué cómo salir de ese pequeño laberinto de madera ya vacío en el que ningún alma, ni japonés, ni turista, osaba perderse a esas horas. Una vez más, una ilusión viajera sin cumplir.

Kioto

Ni rastro de geisha alguna. Y fue justo en medio de esa soledad noctámbula cuando ocurrió. Escucho una puerta. Al girarme, se cruza ante mis ojos sorprendidos una maiko. De un modo instintivo, mis dedos nerviosos buscan el botón de la cámara para disparar (irónico ese verbo en ese instante) una foto movida, torpe.

Maiko en gion

Con prisa elegante se pierde por la callejuela de enfrente. Y yo, temerosa de que esa callejuela negra la engulla y se esfume como si hubiera sido simplemente una quimera, me lanzó tras ella. Tan solo se escuchan sus okobos de madera chocando contra el suelo. Unos segundos durante los que una sonrisa infantil me acompaña en la absurda persecución. No quiero pararme, no quiero perderla, no sé bien por qué pero no puedo dejar de perseguir su silueta e incluso me atrevo a fotografiarla de nuevo a escondidas.

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Maiko en gion

Justo al hacer esa foto robada, decido porqué la estoy siguiendo. Quiero pararle, frenar en seco esa maleducada persecución y pedirle, por favor, que me permita hacerle un retrato. Las buenas formas dan sus frutos. Ella no se asusta, tampoco se incomoda, ni se extraña. Simplemente me mira con calma, asiente despacio y  posa ante mi objetivo con una sonrisa. Quizás por dentro se estuviera riendo de mi cara de emoción. Sólo una foto, pienso que si hago más le voy a molestar, siento la necesidad de liberarla ya de mi acoso. Sólo una. Suficiente. Y allí estamos paradas las dos, solas, de noche en medio de un callejón vacío, manteniendo las miradas un instante. Siento mis ojos iluminarse de una felicidad absoluta y me ruborizo. Ambas nos giramos y emprendemos caminos opuestos. Ilusión convertida en recuerdo sí, experiencia tachada en la lista…  Regusto amargo ahora, felicidad completa en ese momento.

Maiko

Animada por la magia de ese «inesperado» encuentro, decido que volveré de nuevo con la luz del día por esas mismas calles. Lo cumplo unas horas después pero no me gusta lo que veo. Sí, encuentro otra maiko, pero rodeada de turistas con móvil y cámara en mano. Me siento en medio de un safari urbano en el que la presa es una maiko que espera tímidamente, se gira y trata, sin éxito, de esconderse. Me da pena la situación, me indigno por formar parte de esa cacería fotográfica. Sin embargo, termino dejándome llevar. He aquí el resultado…

Retrato maiko

Maiko en kioto

Maiko en kyoto

Maiko en el barrio de gion

Barrio de gion

Pero el espectáculo aún no ha acabado, falta el remate final. Aparece entonces una geisha (sí, por fin una geisha) dentro de un taxi que para allí delante justo un momento para que la maiko suba. El coche arranca, se va.  Fin del safari urbano. ¿Tienen ya todos sus fotos? ¿Sí? Pues, por favor, abandonen los corrillos, desaparezcan, aquí ya no hay nada ,más que ver.

Geisha en gion

Geisha en kioto

Fue entonces cuando decidí dejar de viajar con expectativas tan altas. Me dí cuenta que prefería mil veces el instante mágico de la noche anterior que el bochornoso espectáculo en el que yo misma acababa de participar. Me sentí mal por haber forzado cumplir una ilusión viajera, por obcecarme con ver una geisha como si de una presa se tratara. ¿Acaso soy una burda cazadora de experiencias? No. Quiero coleccionar recuerdos sí, pero recuerdos que el viaje me vaya regalando por sí solo, sin tener que provocarlos de un modo tan artificial, sin tratar a las personas como trofeos. ¿Y tú?

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¿Y si este viaje lo vivieras sin la carga mental de organizarlo?

Llevo años recorriendo el mundo con mis tres peques, y ahora ayudo a otras familias a vivir su gran viaje sin agobios: yo me encargo de todo, tú disfrutas.

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