Los mejores recuerdos de mi ruta por América del Sur

Hace justo ahora cuatro años, estaba embarcada en un viaje muy especial. A falta de año sabático para dar la vuelta al mundo, conseguí reunir el valor, el dinero y el tiempo para hacer realidad parte de la ruta por América del Sur que tenía en mi cajón de ilusiones desde hace mucho tiempo. Dos meses de ruta por Chile, Bolivia y Perú, con un saltito a Argentina, que adelanté por aquí con muchas ganas pero que, tras regresar, apenas tuvieron reflejo en el blog por culpa de la desidia, la rutina contrarreloj, el trabajo y de haberme convertido en madre de dos pequeños exploradores que se llevan todas mis energías.

El tiempo de las excusas toca a su fin y esta extraña bitácora digital está hambrienta de nuevos contenidos. Así que, como resultado de estas dos circunstancias, y tras un silencio de dos años, nace este nuevo relato en el que recopilo algunos, sí sólo algunos, de los mejores recuerdos de mi viaje por América del Sur. 

Itinerario de la Ruta por América del Sur

Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa

Antes de comenzar a desgranar mis momentos inolvidables, os dejo cuál fue el itinerario a lo largo de  dos meses para quienes están pensando en organizar una ruta por América del sur. Partiendo de la premisa de que era imposible visitarlo todo, elegí tres países: Chile, Bolivia y Perú. Los tres atesoran con mimo algunos de los que eran mis sueños viajeros, y otros rincones que no estaban en mi top five pero que me dejaron con la boca abierta.

Chile:

Santiago de Chile – Valparaíso- Punta Arenas-Isla Magdalena (Estrecho de Magallanes)-Puerto Natales-Torres del Paine- Argentina: Calafate- Perito Moreno -Tierra de Fuego-Desierto de Atacama

Bolivia:

Reserva Eduardo Avaroa – Salar de Uyuni – Sucre – La Paz – Rurrenabaque (Pampas del Yacuma)

 

Perú:

Arequipa – Cañón del Colca – Cuzco – Valle Sagrado – Machu Picchu – Ica – Paracas- Chachapoyas – Kuelap – Yurimaguas (Reserva Pacaya-Samiria) – Lima

 

La satisfacción de conquistar Torres del Paine

Torres del Paine

El Parque Nacional Torres del Paine se había convertido casi en una obsesión sinceramente no sé muy bien por qué, ni desde cuándo. El germen de esa obstinación era la panorámica de la foto de arriba, ese pequeño lago escoltado por las tres gigantescas torres de granito que dan nombre al parque. Pero cuando comencé a investigar descubrí que este rincón de la Patagonia chilena merecía mucho más que la clásica subida a ese mirador. Así me animé a hacer el famoso circuito W de Torres del Paine, un trekking de unos 70 kilómetros que completé en cuatro jornadas de senderismo brutalmente bellas. El  esfuerzo y el cansancio pretendían desbancar, sin éxito, a una retina extasiada por los paisajes que iba atesorando.

Parque Nacional Torres del Paine

Durante el recorrido, estas tres moles de piedra jugaban, una y otra vez, al escondite con mi ilusión desde distintos ángulos. Y es que las nubes parecían ser el telón perfecto para esconder a las protagonistas antes de levantarse, o no, para la función. Así la incertidumbre se convirtió en parte más de la mochila que cargaba a la espalda.

Ruta por América del Sur: Torres del Paine, Chile.

Pero cuando al fin, el último día de trekking pude sentarme a descansar frente a ellas, se desvanecieron el cansancio y los temores y ya no podía hacer otra cosa que contemplar. Contemplar en silencio, sin prisas ninguna y en el sentido más estricto de la palabra esa catedral de piedra de la naturaleza. Y sonreír de felicidad, de la satisfacción que da ser consciente de que los sueños se pueden cumplir.

Entre pingüinos en el Estrecho de Magallanes

Ver a estos animales en su hábitat natural era otra de mis ilusiones viajeras que convertí en recuerdo y por partida doble. En medio del Estrecho de Magallanes, lugar con carga histórica importante, no muy lejos de Punta Arenas, se encuentra la diminuta Isla Magdalena, un santuario para los pequeños pinguinos magallánicos. Poder tenerlos tan cerca y verte rodeada por ellos con sus curiosos ojos escudriñándote no tiene precio.

Colonia de pingüinos rey en Chile

Mucho más lejos hubo que ir para poder ver a los auténticos reyes, a la única colonia de pingüinos rey de Chile. Hasta el remoto archipiélago de Tierra del Fuego, un largo viaje cuyo único destino era Bahía Inútil donde anida esta colonia totalmente inusual en esas latitudes. Los pingüinos rey son la segunda especie más grande después del emperador y podrías estar horas observándolos y escuchándolos. Aunque al principio hubo algo de decepción por lo alejados que estaban, los prismáticos pusieron remedio al problema y el poco tiempo que había para contemplarlos pasó volando.  A pesar de lo corto de la experiencia fue totalmente inolvidable.

Frente al Perito Moreno, rey del hielo milenario

glaciar Perito Moreno en Argentina

Rozar la Patagonia argentina con las yemas de los dedos y no acudir a la llamada de su dueño y señor hubiera sido un delito imperdonable. Por suerte, no lo cometí y, pude encontrarme frente a frente con s u majestad Perito Moreno. Gracias a un antiguo viaje a Alaska, ésta no fue la primera vez que contemplé un glaciar, e incluso que lo sentí bajo mis pies. Sin embargo, el glaciar Perito Moreno impresiona como si fueras novata. Sentir rugir sus entrañas heladas hace que contengas la respiración. Ver cómo muere lentamente ante ti al perder gigantescos témpanos de hielo provoca un sentimiento encontrado de tristeza y fascinación.

Piedras rojas, la gran sorpresa del desierto de Atacama

Ruta por América del Sur

A la hora de diseñar cómo sería la ruta por América del Sur tenía muy claro que este lugar del norte de Chile entraba de cabeza en el itinerario. Tenía una imagen predefinida de cómo sería el mítico desierto de Atacama, de cómo sería su cielo estrellado, pero lo que entraba en mis planes era otros extras con los que no contaba. La excursión a las lagunas altiplánicas fue un bonus track en toda regla  y Piedras Rojas un regalazo inesperado. Este paisaje surrealista y marciano a partes iguales, con su llamativa mezcla de colores, es una postal digna de cualquier fondo de pantalla.

El vacío lleno del Salar de Uyuni

Nunca un lugar tan vacío me llenó tanto. Entrar en Bolivia desde el pueblo chileno de San Pedro de Atacama es hacerlo por la puerta grande. Atravesar la sorprendente Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa para llegar al salar no es un trámite sino un placer inmenso. Si al dejar la reserva la retina ya iba a reventar de escenarios impresionantes, llegar al Salar de Uyuni terminó de explotar.

Amanecer en el Salar de Uyuni

Entrar al amanecer contemplando un juego cromático bestial gracias al efecto espejo que provocaba que la entrada al salar aún tuviera agua ya fue un comienzo inesperado. Después, kilómetros y kilómetros de nada absoluta, de un océano en calma de impoluto blanco que se extiende allá donde llega la mirada. Y, de repente, como si de un iceberg de tierra se tratara, una diminuta y curiosa isla de cactus flotaba en la superficie. Uyuni desde luego es un básico en una ruta por América del Sur.

El reto de Las Pampas del Yacuma

Sólo llegar hasta el remoto pueblo de Rurrenabaque, en Bolivia, es toda una aventura. Una avioneta tan pequeña que parecía de juguete y zozobra como si fuera a desplomarse encima de la cordillera sobre la que volaba. Una vez en tierra, comienza la excursión para internarte en Las Pampas del Yacuma, un río amazónico que nutre de vida salvaje a las llanuras que, estacionalmente, inunda.

Pampas del Yacuma en Bolivia

Al parecer, según nuestro guía, tuvimos muy mala suerte por la combinación de agua excesiva y calor excesivo. El resultado fue un infierno de mosquitos, humedad insoportable y apenas un puñado de animales. Tanto que, por primera vez en la ruta por América del Sur, decidimos abandonar antes de lo previsto. Pero aún así, antes de hacerlo, el río Yacuma nos regaló uno de los mejores y más inesperados recuerdos del viaje: nadar rodeados de delfines rosas. Gracias Yacuma.

Explosión de colores tras los muros de Santa Catalina

Monasterio de Santa Catalina en Arequipa

Durante esta ruta por América del Sur, volví a reafirmarme en que no llevar muy preparado un viaje tenía muchas más ventajas de las que creía. Arequipa estaba en el itinerario pero no había tenido mucho tiempo de investigar así que encontrarme, tras un modesto muro, la explosión de colores del Monasterio de Santa Catalina fue una auténtica sorpresa.  Esperaba un convento al uso y lo que encontré fue casi una ciudad en miniatura repleta de historia, de callejuelas, de flores, de rincones a cual más delicioso que convierten esta visita en un imprescindible si vas a Arequipa.

 

Machu Picchu, máxima expresión de ilusión convertida en recuerdo

Machu Picchu, Perú

La emoción de sentarte a contemplar un sueño viajero hecho realidad es el significado exacto que define tener Machu Picchu delante de ti. Horas y horas, cuando no había límite, estuve subiendo y bajando, haciendo fotos, admirando embobada este cuadro, alucinando al pensar la ingente obra de ingeniería que montaron aquí los incas, dudando para decidir qué me impresionaba más si la ciudadela inca o el entorno natural donde está enclavada… Un cóctel de emociones

El bosque de las cascadas gigantes

Cascada Gocta en Chachapoyas, norte de Perú

Lo reconozco, jamás había oido hablar de Chachapoyas. Esta ciudad, ya en la región de Amazonas, tiene un nombre curioso sí, pero también un repertorio de atractivos que son algunos de los secretos mejor guardados de Perú. Uno de ellos es el honor de tener dos de las cascadas más altas del mundo y de estar muy cerca una de la otra. La cascada Gocta tiene 771 metros de altura repartidos en dos saltos de agua y es muy  famoso porque puedes llegar hasta la base del primero andando o en caballo.

Cascada Yumbilla en Perú

La cascada Yumbilla es menos conocida, por ser menos accesible, pero bastante más alta con 896 metros de altura. La vi por primera vez en un programa de televisión y me enamoré, así que no paré hasta conseguir llegar. Eso sí, me quedé sin poder verla desde la base porque el camino embarrado y con muchísimo desnivel era bastante peligroso para hacerlo sin guía. Aún así, fue impresionante verla y escucharla. Su ubicación, escondida en la selva, la hace aún más especial. Pero estas no son las únicas cascadas de la zona a la que allí llaman el bosque de las cascadas gigantes. Sugerente nombre, ¿verdad?

 

Amazonía, la mejor despedida posible

Una de las ilusiones de la ruta por América del Sur era poder visitar alguna región de la Amazonía pero el viaje tocaba a su fin y parecía que ese recuerdo no iba a volver en el macuto. Hasta que la Reserva Nacional Pacaya Samiria, al norte de Perú, se cruzó en el último momento en forma de una pareja de australianos que, durante el desayuno en un hostel de Chachapoyas, relató maravillas de este rincón de la Amazonía, menos conocido que Iquitos. Sólo dos horas después, consiguiendo medalla cum laude en improvisación viajera, estaba en carretera camino de cazar el último recuerdo del viaje.

Perezoso en la Reserva Pacaya Samiria

Costó mucho pero la ‘caza’ tuvo éxito tras una larga espera muy interesante en Yurimaguas. Desde una diminuta canoa de madera sin motor que rasgaba, a golpe de remo, la calmada superficie del río, contemplé, del modo más relajado que hubiera podido imaginar, un desfile salvaje de perezosos, monos, aves, cocodrilos, pirañas e incluso un tapir. La yincana de última hora para llegar a Pacaya Samiria había tenido el mejor resultado posible, un perfecto broche de oro en forma de aventura en la selva.

Hasta aquí algunos de mis mejores recuerdos de la ruta por América del Sur. Hubo muchos más, como Ica, Paracas, Valparaíso, La Paz… destinos, encuentros, visitas y sensaciones que ya evocaré con más mimo en mi Cajón de Recuerdos. 

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