Mundial de Combate Medieval en el Castillo de Belmonte

Como soñadora empedernida, reconozco sin vergüenza que más de una vez me he sorprendido divagando sobre cómo hubiera sido mi vida de haber nacido en otra época histórica. Seguro que tú también,  mientras esperabas en un atasco, has fabulado sobre cómo te habría ido siendo un Jedi en la Guerra de las Galaxias o un gladiador de la antigua Roma. Pero tras una infancia devorando libros y construyendo castillos con cajas de cartón para los clips de  famobil de mis hermanos, está claro que mi destino pasado era ser una dama de La Edad Media. 

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Puestos a pedir, por supuesto, no una dama cualquiera, sino la propia Buttercup cabalgando a lomos de un caballo blanco mientras mi amado Westley me susurra “Como desees” con los acordes de la guitarra de Mark Knopfler de fondo. Sí, hay películas que han hecho mucho daño y La Princesa Prometida se lleva la palma, que nos lo digan a las niñas de los 80.

Independientemente de cómo he llegado a tener esta fascinación algo pueril por todo lo medieval, el caso es que siempre anduve buscando el modo de trasladarme a esa época. En mi empeño, he hecho varios viajes dentro y fuera de la península sin obtener nunca mi objetivo, sino más bien ansiándolo cada vez más al pasear por callejuelas empedradas y superar puentes levadizos. Hasta que un día se cruzó en mi camino el Castillo de Belmonte en Cuenca.

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Y entonces fue como si hubieran vuelto los Reyes Magos otra vez este año. Aterricé de lleno en la Edad Media, entre los siglos XIV  y el XV en medio del Mundial de Combate Medieval, una competición única que aúna el deporte con la historia para ofrecer un espectáculo bestial a las cerca de 25.000 almas allí reunidas para la ocasión. Unos 500 caballeros venidos de las más remotas tierras, pertrechados con sus armaduras, escudos y aceros fabricados respetando fielmente la forma y el peso de aquellos siglos. Todo era perfecto: desde la silueta de la fortaleza recortada en un impoluto cielo azul a las hogueras humeantes en el campamento.

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Mi atención se desperdigaba de un lado a otro en un baile nervioso que iba de los ojos inquisidores de un halcón a las coronas de flores silvestres, de las alpacas de heno donde descansan las espadas al mozo que se aplica por limpiar unas manoplas mientras otras esperan su turno en el suelo. Los campamentos donde pernoctan los combatientes durante las cuatro jornadas que dura el mundial recrean de un modo increíblemente veraz la vida del medievo;  no hay detalle que se les escape, si acaso algún gazapo de este siglo, olvidado en un rincón de alguna tienda, me quiere chivar con sorna la época de la que provengo para intentar destrozarme el sueño hecho realidad.

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Esa orgía visual que me tenía embriagada llegó a su cenit cuando nuestras miradas se cruzaron. Fue ese momento justo en el que mi adorado Westley pasó a mejor vida y quedó relegado a un insignificante recuerdo después de décadas de hegemonía. El caballero al mando Del equipo alemán me dedicaba su mejor pose y mis deseos por quedarme a vivir en la Edad Media se convirtieron en un imperativo de vida o muerte.  Y me pillaba así, vestida como una vulgar madrileña urbanita  del siglo XXI con vaqueros y una cámara de fotos digital colgada al cuello. Años soñando con mi vida como dama del medievo para no dar la talla en el instante preciso. Sin embargo, el apuesto rubio con trazas de supuesto sajón parecía interesado.

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Tampoco quería romper su concentración así que me perdí entre el gentío buscando el mejor acomodo para disfrutar de los combates y observar desde la distancia el papel de mi amado en las contiendas. Estas fueron muy duras, varias rondas de cinco contra cinco bajo el sol castellano que parecía haberse propuesto la dura tarea de derretir los aceros. Me costó reconocerle entre el polvo y con el yelmo puesto pero su cinturón de cuero con la leyenda The Beast en la espalda le hacía fácilmente identificable. Sí, había elegido bien, él era La Bestia… Los combatientes españoles lucharon con honor bajo el grito Desperta Ferro pero no consiguieron la victoria. Alemanes, polacos y estadounidenses resultaron ser unos caballeros ávidos de mamporros y con una depurada técnica para manejar movimientos y golpes. Y sí, has leído estadounidenses; ya ves no tuvieron Edad Media que digamos pero son muy listos y aprenden tan rápido que terminaron ganando el mundial.

Combate-medieval

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Antes de que terminaran las lizas hubo que volver irremediablemente a la actualidad y mi experiencia en el medievo me parecía de repente una broma de mal gusto. No puedes andar cambiando así de época histórica de un momento a otro, estos viajes en el tiempo tan fugaces no pueden ser buenos para el cuerpo y mucho menos para el corazón. Allí se quedó mi caballero alemán amparado por el castillo, esperando más luchas donde combatir, dicen que ansioso por medirse contra un gigante venido de la lejana Asia. Durante las escasas dos horas de trayecto entre Belmonte y Madrid, me lo imaginaba sudando bajo los más de 30 kilos de su armadura….. ya he dicho antes que era una soñadora sin remedio lo siento. Ni siquiera hubo tiempo para darle mi número de móvil pensaba; aquí es cuando me di cuenta de que la paradoja espacio – tiempo se interponía en esta incipiente historia de amor.

En fin, hay cosas que terminan antes siquiera de haber empezado.

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- El Campeonato Mundial de Combate Medieval se celebró del 1 al 4 de mayo en el Castillo de Belmonte en Cuenca.

- En este castillo se rodaron algunas escenas de la película El Cid, con Sofía Loren y Charlton Heston.

- La lucha medieval no es un juego, es un deporte con  árbitros, reglas precisas y ligas profesionales.

- Existe un comité histórico que vela por la autenticidad de las recreaciones en armaduras y armas. Estas no pueden tener filo para no herir a los luchadores.

- Hay distintas modalidades de combate, desde duelos hasta La Captura del Rey, una espectacular e increíble batalla de 50 contra 50.

- Las mujeres también participan de este deporte como demostraron las tres integrantes del equipo español.

- Si te interesa conocer más de cerca este deporte puedes seguir a la Federación Internacional de Combate Medieval.

Galería de fotos:

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Alfama es un nombre de mujer

El barrio de Alfama en Lisboa tiene nombre de mujer, de mujer portuguesa pero de rasgos musulmanes que le infunden un carácter especial. Enamora sin ser consciente de estar haciéndolo. No es presumida, ni vanidosa, no sabe coquetear, no maneja el arte de la seducción y, sin embargo, seduce a cualquiera sin pretenderlo. Es más bien torpe, incluso desaliñada, tanto que, a primera vista, sus ropas ajadas y su engañosa falta de atractivo pueden espantar a posibles pretendientes. Pero el aire lánguido que desprende al pasear, su perfume aromatizado con las dosis justas de decadencia y esa distraída pose de indolente te atrapan y ya no puedes hacer más que admirarla.

Mirador das Portas do Sol Alfama

Mirador das Portas do Sol Alfama

A pesar de que ella se esconda por ruas y becos, callejeando entre la timidez y la picardía, o de que remonte con desparpajo cuestas imposibles para que no la persigas, tú la seguirás con la determinación de recorrer su cuerpo de arriba a abajo. Si por un extraordinario golpe de suerte lo consigues, su piel te dejará un regusto entre dulce y salado, sabe a río Tajo con un toque final de océano. Y es que Alfama se siente cómoda viviendo así, entre dualidades. Disfruta como dueña y señora de su imponente castillo pero aún le gusta más dar de comer a las palomas en su modesto portal de azulejos deslucidos.

calles-de-Portugal

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En ocasiones, la encontrarás sumida en la melancolía, a veces acunada por un fado y otras con la letanía de fondo de los pescadores más ancianos rememorando, apostados en la tasca, antiguas historias lisboetas con tintes de leyenda. Se refugia así en esa suerte de saudade donde se siente tan cómoda, a salvo de miradas indiscretas y posibles desgracias siempre amenazantes. Alfama, con la madurez que le dan los años, se sabe fuerte aunque destile fragilidad, ha sobrevivido al temblor de la tierra y sabría defenderse bien ante al fragor del fuego. No todas pueden presumir de ello.

calles de Alfama

Bocas de riego en Portugal

Pero haciendo gala de nuevo de su marcada dualidad, abandona de pronto ese estado casi febril para desperezarse a ritmo de fiesta con una sonrisa de claveles asomando a sus labios. Correrá entonces a engalanar balcones con manjericos y guirnaldas, impaciente por bailar en las plazas, por recorrer las calles atestadas de gente, por pasear cogida del brazo con su Antonio que es un santo y le consiente todo esas noches. Termina siempre exhausta de felicidad, con el olor a vino y sardinas flotando durante días en el aire, no quiere marcharse por mucho que Alfama ventile abriendo las ventanas. Y ella, en el fondo, tampoco quiere que desaparezca.

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Fiesta de San Antonio en Alfama

Quizá tras la resaca, recuerda algún pecado cometido bajo el exceso de la verbena y, si ese desliz infringido es tan grave como para quitarle el sueño, puede que hasta acuda a confesarlo a la Catedral de Sé. Puede que al llegar allí se arrepienta de haber ido, su espíritu bohemio le convencerá de que realmente no es tanta la falta. Conociéndola, se sentará en uno de los bancos que hay enfrente a esperar que pase el tranvía y cuando lo hace, Alfama no puede evitar sonreír como una niña pequeña. Será ese momento, ese gesto infantil, esa falsa inocencia la que hará que te enamores perdidamente de ella y repitas el viaje a Lisboa una y otra vez con la ilusión de ser correspondido.

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Tienda vintage en Alfama

Qué ver en Alfama:

- El barrio, el más antiguo de Lisboa,  está asentado en una de las siete colinas que salpican esta ciudad portuguesa.

- Tras el terremoto de 1755 pasó de ser residencia de aristócratas y pudientes a convertirse en un barrio humilde para pescadores y obreros.

- No te puedes perder la Catedral de Sé, por donde pasa el tradicional tranvía 28,  la Casa dos Bicos o el Palacio de Azurara.

-Imprescindible la visita al Castillo de San Jorge , donde te sorprenderá encontrar, por ejemplo, una cámara oscura desde la que otear el barrio a vista de pájaro.

- La noche del 12 al 13 de junio se celebra la festividad de San Antonio, el patrón de Alfama, pero durante casi todo el mes lo festejan en la calle. Es el mejor momento para descubrir la verdadera esencia de este lugar.

- Relájate al amanecer o durante la puesta de sol en los espectaculares miradores Porta do Sol o Santa Luzia.

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